El ICAA ha facilitado un informe, realizado por CINE-REGIO en colaboración con Filmby Aarhaus, acerca del impacto que la revolución digital está teniendo sobre la industria del cine en Europa.
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En sus conclusiones, el informe señala que los cambios
digitales descritos en el estudio constituyen, en muchos sentidos, una
revolución fortuita. No existía previamente ninguna necesidad, por parte de los
consumidores, de «liberarse de las cadenas de la tiranía analógica», ni nada
por el estilo, como tampoco ninguna particular antipatía hacia los viejos medios
de comunicación; de hecho, en la actualidad se están desarrollando incluso
sentimientos de nostalgia por ciertos medios que se suponen en extinción, como
las salas de cine, los periódicos o hasta los discos de vinilo.
Si estuviera en sus manos, numerosos consumidores incluso
regresarían alegremente a una época en la que no tenían tantas opciones entre
las cuales elegir. Pero el caso es que, en apenas algo más de una década, nos hemos
sumido en un mundo de redes y de entretenimiento ubicuo.
La disposición y capacidad de los consumidores para adoptar
y adaptarse a la cultura del consumo en línea y a la carta está dependiendo de
una amplia variedad de factores: edad, conocimientos, ubicación geográfica, cultura,
acceso a la tecnología, tendencias, gustos y otros más.
Esta revolución a varias velocidades no se ha desarrollado
de manera muy coherente y homogénea (pues precisamente la variedad y la
capacidad para escoger constituyen la verdadera esencia de un público activo), pero
en cualquier caso ya formamos todos parte de un mundo interconectado en red que
nos afecta en todos los aspectos de nuestra existencia.
No existía previamente ninguna necesidad, por parte de los consumidores, de «liberarse de las cadenas de la tiranía analógica»
Tampoco es pues de extrañar que, ante un mercado tan
desconcertante y tan desconcertado, una industria cinematográfica fragmentada
en innumerables pequeños intermediarios esté debatiéndose por encontrar, dificultosamente,
nuevos modelos de negocios.
Los consumidores, por su parte, esperan que sea la industria
la que se adapte a sus cambiantes necesidades, pues no sienten ninguna
obligación de ser ellos los que se adapten a los requisitos comerciales. Así
que si no aseguramos la accesibilidad a los productos existentes, una buena
parte del público optará simplemente por tomarlos.
Y es que, sencillamente, nuestros ya viejos modelos
comerciales analógicos no fueron creados para un entorno como el presente. Se
desarrollaron sobre la base de un único modelo empresarial estándar y
claramente establecido, así como de un abanico muy limitado de contenidos y de
soportes. Y los consumidores se conformaban con lo que se les ofrecía.
Pero en la era digital tenemos que desarrollar modelos en
torno a realidades digitales, de acceso a la carta a una enorme variedad de
productos.
En el viejo mundo, el problema consistía en la sobreproducción de películas; en el nuevo es la sobreabundancia de proveedores y soportes
La generación de valor actualmente se basa en la implicación
de segmentos del público que la industria, desgraciadamente, ni conoce ni
comprende. Y es que esta ha invertido tradicionalmente mucho en la inspiración
de los artistas, pero poco en «la transpiración de los analistas».
En definitiva, la industria cinematográfica ha perdido el
paso en el mundo digital.
En el viejo mundo, el problema consistía en la
sobreproducción de películas; en el nuevo mundo es a menudo la sobreabundancia
de proveedores y soportes lo que resulta problemático.
En ambos casos, la cuestión se reduce a la incapacidad para
armonizar oferta y demanda. En este contexto, dos son las cuestiones que se
plantean: ¿Cuáles constituyen los fundamentos para un negocio digital viable y sostenible?
¿Cómo se puede desarrollar una industria cinematográfica europea diversificada
apropiada para la era digital?
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UNA ECONOMÍA DE DEMANDA
Podemos establecer, de manera razonable, por lo menos tres
premisas estables en estos tiempos indiscutiblemente turbulentos:
LA REVOLUCIÓN DIGITAL EL PÚBLICO SE IMPLICA
• Que se mantiene una fuerte demanda de películas, un hecho
sobradamente comprobado por el incremento de las ventas de entradas incluso en
tiempos de recesión y crisis en toda Europa.
• Que esta demanda de contenidos en soportes digitales
seguirá aumentando a medida que mejoren la tecnología y las infraestructuras,
lo que seguirá minando los modelos comerciales convencionales. Es un proceso
que no tiene vuelta atrás.
• Que hay un factor físico imposible de alterar: el número
de horas que tiene un día, un detalle que se olvida demasiado a menudo en los
análisis sobre el futuro digital.
Como ya ha ocurrido antes con la música y con las
publicaciones impresas, el principal problema consiste en atender a un enorme
incremento de la demanda. Lo paradójico del asunto es que los consumidores
están arruinando a la industria cinematográfica debido a su pasión por sus
productos, no porque los rechace.
Tenemos por lo tanto que centrarnos de manera constructiva
en los factores positivos básicos; tenemos grandes talentos artísticos por un
lado y una enorme demanda por otro, sólo nos falta conectar adecuadamente ambos
lados.
Lo que realmente necesitamos, para abordar un entorno nuevo,
es precisamente actualizar nuestros planteamientos y mentalidades e invertir de
forma significativa en iniciativas novedosas.
POLÍTICAS PÚBLICAS
No se puede dejar esta cuestión de la innovación
exclusivamente en las manos de las pequeñas y medianas empresas de la industria
cinematográfica europea, pues estas carecen de recursos y competencias
digitales suficientes y, además, a menudo sostienen intereses dispares. Esto
resulta especialmente importante en el actual ambiente económico.
Si pretendemos seriamente explotar las oportunidades que
brinda el cambio digital y diseñar una agenda cultural realista, las políticas
y fondos públicos deben desempeñar un papel central, tanto en los ámbitos regionales
y nacionales como en el europeo.
No hay que olvidar que los conglomerados transnacionales
dominantes en el mercado global, mencionados a lo largo del informe, sólo
persiguen su propio beneficio. Su negocio es única y exclusivamente los
negocios.
Y en cuanto a las pequeñas y medianas empresas europeas del
ramo, estas no pueden cargar por sí solas con una labor de tal trascendencia
como la innovación. Si bien esta les es imprescindible, pues deben buscar nuevos
medios para lograr la implicación de los públicos; medios innovadores en los
que precisamente deberían centrarse las políticas públicas de ayudas al
sector, hasta ahora demasiado volcadas en apoyar a la producción en sí.
La industria musical nos ofrece de nuevo buenos ejemplos de
lo que puede pasar si se deja la innovación exclusivamente en manos de las
grandes productoras y de los gigantes tecnológicos.
Las políticas públicas pueden (y deben) colaborar en que las
tecnologías progresen lo más rápidamente posible en la curva de
sobreexpectación, o por lo menos en suavizar sus picos y bajones.
Y, en cualquier caso, lo que los fondos públicos, desde
luego, nunca deben hacer es dedicarse a proteger modelos obsoletos o a
potenciar el desarrollo de un sector del ramo sin tener en cuenta sus efectos
en los demás sectores.
El primer paso debe consistir pues en un replanteamiento de
las políticas de apoyo cultural, de derechos digitales y de autor y de
innovación. Y en el debate que se abra no deben existir «vacas sagradas»;
conviene seguir de cerca la evolución de la industria musical y de otros medios
y sacar lecciones de ello.
Hay además que replantearse seriamente la estructura de la
industria cinematográfica europea, pues si pretendemos desarrollar un sector
eficiente y competitivo no se puede trasladar directamente a la nueva era digital
los roles tradicionales de productores, agentes de ventas, distribuidores y
exhibidores, dejándolos intactos.
Hay que priorizar la innovación, lo que incluye abordar las
redes sociales, la producción y el marketing transmediáticos, la recolección y
análisis de datos, las estrategias de gestión, la explotación de los metadatos y
los nuevos métodos de distribución. Innovar en este campo, hoy por hoy,
significa experimentar el potencial de las nuevas formas de producción, de
distribución y de exhibición, así como las nuevas propuestas transmediáticas. Las
ayudas a la innovación, además, deben ser transparentes y deben compartir sus
resultados con el resto de la industria.
COOPERACIÓN Y COLABORACIÓN
Por un lado, las fuerzas del mercado son ahora mismo
incapaces de asegurar por sí solas la renovación de la industria; por otro, las
políticas públicas, tal y como están ahora mismo planteadas, tampoco van a ser capaces
de crear una estrategia coherente y de conjunto. Pero el cambio es
imprescindible. Las políticas de ayudas públicas, que hasta ahora se han dedicado
principalmente a proteger al cine europeo de las tensiones del mercado, actúan
demasiado a menudo como un obstáculo entre la industria y sus públicos.
Si la principal esperanza del cambio digital para el cine
europeo consiste en que este logre superar su elitismo para llegar a un público
mucho más amplio, esto requiere situarse en la vorágine de la mentalidad comercial.
En este sentido, las políticas públicas pueden desempeñar un importante papel
financiando la innovación e insistiendo en que los resultados de los
experimentos sean compartidos con transparencia.
Pero, por su lado, la industria europea también tiene que
poner de su parte y responsabilizarse de llevar a la práctica dichas
innovaciones. Todo esto, evidentemente, tiene que reportar algún beneficio a
los productores, por lo que la agenda política tiene que priorizar la
concesión a estos de los derechos digitales y asegurarles una mayor capacidad
de beneficiarse de los ingresos que generan.
Todas estas nuevas necesidades y responsabilidades abren nuevas
áreas de intereses comunes. Ciertamente, durante todo periodo de transición la
cooperación siempre resulta mucho más valiosa que la competición y debe darse en muchos niveles: entre los
diversos sectores de la industria, entre organismos públicos y empresariales,
de un lado a otro de las fronteras y entre productores y públicos.
Aunque no va a resultar fácil, debido a la disparidad de
intereses de sectores específicos del negocio. ¿Quién apoyaría un cambio que
puede menguar el papel desarrollado por uno mismo? Por eso el cambio debe
promoverse mediante una combinación virtuosa de políticas públicas de «palos y zanahorias»,
con las fuerzas del mercado y una mentalidad empresarial renovada.
Tenemos que plantear colectivamente una visión de conjunto
para que el cine pueda prosperar en una nueva economía digital impulsada por la
demanda, porque la alternativa consiste en un futuro dictado por Hollywood y
por un menguante número de gigantes globales imponiendo sus monopolísticos
soportes cinematográficos.
O bien, peor aún, la demanda de películas puede ir
languideciendo, a medida que otras formas de entretenimiento más novedosas,
voraces y adaptables le vayan comiendo el terreno del limitado tiempo de ocio
del consumidor.
EL AUTOR
MICHAEL GUBBINS es un escritor, periodista y asesor
especializado en cine, música y medios digitales, que ha dedicado una especial
atención al tema del cambio digital.
Contacto: michael.gubbins@gmail.com




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