El Festival de cine mudo y cine clásico de Granada

Granada Paradiso proyecta la versión silente de “El ladrón de Bagdad ”

Se celebrará del 14 al 28 de octubre

Ángel Cano | 873 Miércoles, 25 de Julio de 2018

Granada Paradiso, el Festival de cine mudo y cine clásico de Granada, que se celebrará del 14 al 28 de octubre en la ciudad, celebra su tercer acto previo para ir animando al público a disfrutar de un arte poco habitual en la gran pantalla

Después de las proyecciones dedicadas a los hermanos Lumière y “La aldea maldita”, ahora le toca el turno a “El ladrón de Bagdad”, una obra maestra que se podrá ver el próximo viernes 27 de julio a las 21.30h en un emblemático espacio de la ciudad como es el Palacio de los Córdova, un lugar desde el que se vislumbra, con el rabillo del ojo, La Alhambra –algo premeditadamente buscado dadas las características de la película a proyectar-.

 

En esta proyección se podrá disfrutar de la copia, primorosamente restaurada, de esa imprescindible fantasía oriental, de esa obra maestra del cine de aventuras silente que es EL LADRON DE BAGDAD (1924) que dirigió Raoul Walsh y protagonizó Douglas Fairbanks. Además de por su conexión, de nuevo, con ese apartado que el festival dedica a la recuperación del Patrimonio mudo, la película permite conocer unos de los films clave de la etapa silente de Raoul Walsh, cineasta presente este año en el festival con sendos ciclos que repasarán parte de su obra sonora (los años 40 y 50) y en concreto su especial aportación al cine negro.

 

Recordamos que Granada Paradiso, el festival cinematográfico de otoño realizará un recorrido por el Cine Francés Silente y Clásico, así como por Films, de estos períodos, centrados en la I Guerra Mundial, junto a otras secciones y ciclos vinculados a diversos cineastas (June Mathis, René Clair, Marcel Carné, Raoul Walsh, Ida Lupino) e intérpretes (Rodolfo Valentino, Teresa Wright, Jean Gabin, Rita Hayworth).

 

EL  LADRÓN  DE  BAGDAD  (1924)     EE.UU.     140 min.

 

Título Orig.- The thief of Bagdad.  Director.- Raoul Walsh.  Argumento y Guión.- Lotta Woods y ‘Elton Thomas’ (Douglas Fairbanks).  Fotografía.- Arthur Edeson (1.33:1 B/N y Tintados).  Montaje.- William Nolan.  Música.- Carl Davis (en 1984).  Efectos especiales.- Hampton Del Ruth.  Productor.- Douglas Fairbanks.  Producción.- Douglas Fairbanks Pictures para United Artists.  Intérpretes.- Douglas Fairbanks (Ahmed), Snitz Edwards (el genio), Charles Belcher (el santón), Julanne Johnston (la princesa), Sôjin Kamiyama (el príncipe mongol), Anna May Wong (la esclava), Brandon Hurst (el califa), Noble Johnson (el príncipe indio), Tote Du Crow (el adivino), Laska Winter (la esclava del laud).  

Película nº 50 de la filmografía de Raoul Walsh ( de 138 como directo

 

(…) Hubo un tiempo en el que el cine estuvo teñido de inocencia. En el que sus imágenes desprendían una extraña y mágica convicción, aunque sus ficciones describieran las más peregrinas de sus historias. Es algo que tuvo un especial caldo de cultivo en el periodo silente, marco propicio a una especial liturgia, y uno de cuyos exponentes más relevantes lo ejemplifica El ladrón de Bagdad, que aparece como el exponente más logrado en la muy valiosa filmografía de la gran estrella del cine hollywoodiense de aventuras en dicho periodo: Douglas Fairbanks. (…) Gracias, en especial, a esa maravilla literaria conocida como “Las mil y una noches”, el Bagdad de Haroun al-Raschid ocupa un lugar sobresaliente entre los espacios míticos de nuestro inconsciente colectivo. Jardines en el desierto, mercaderes, magos, esclavas, princesas, califas... nadie falta y, por lo tanto, todo será posible. Construir una película de aventuras en aquella ciudad, una fantasía arabizante, tentó a un Fairbanks en la cima de su carrera (…). Él fue el instigador del proyecto, no ya el protagonista principal, sino también responsable del argumento, firmado bajo el seudónimo de ‘Elton Thomas’, coguionista sin acreditar (junto a la oficial Lotta Woods), financiador con su empresa Fairbanks Productions, asociada a United Artists (…) y responsable de la contratación de Raoul Walsh (…) Pero no sólo de Walsh. El crédito de la esencial presencia de William Cameron Menzies en la arquitectura de los decorados, de Mitchell Leisen como responsable del vestuario y de Arthur Edeson como jefe de iluminación le compete exclusivamente a él (…).

 

Cuentan las crónicas que, poco antes de producir e interpretar El ladrón de Bagdad, Fairbanks hizo un viaje a Europa y quedó impresionado con los decorados que vio en las películas italianas y alemanas, completamente alejados del gusto y la tradición hollywoodienses, y que por ello le solicitó al director artístico William Cameron Menzies unos diseños para este film que estuvieran en la misma línea. Así fue: en la verticalidad de los decorados de El ladrón de Bagdad se reconoce una influencia europea de raíz expresionista, tanto en lo que se refiere al diseño de las calles y de los interiores cargados de figuras geométricas de la primera mitad del film cuanto en los atractivos parajes mitológicos de la segunda, que a veces (por ejemplo en el capítulo de las “Montañas Espantosas”) hacen pensar en Los Nibelungos (Die Niebelungen, Fritz Lang, 1924), y en otras ocasiones (es el caso de la “Cueva de los Árboles Encantados”) evocan El gabinete del dr. Caligari (Das Kabinett des Dr. Caligari, Robert Wiene, 1919), sin olvidar que, como bien apuntó Siegfried Kracauer a propósito de Las tres luces (Der müde Tod, Fritz Lang, 1921), el caballo mágico, el ejército liliputiense y la alfombra voladora de esa película inspiraron a Douglas Fairbanks para la suya.

 

Aparte de ello, este cuento oriental con moraleja (“la felicidad hay que conseguirla”), convertido casi en una suerte de ballet por el acróbata Fairbanks y brillantemente puesto en escena por un entonces ya experto Raoul Walsh a base de una idea por plano, está construido sobre dos motivos temáticos, cada uno de los cuales sirve de complemento al otro. De un lado, el deseo amoroso que siente un picaro ladrón callejero, Ahmed (Fairbanks), por la hija del califa de Bagdad (Julane Johnston), correspondido por ésta, ocupa la primera parte (…) Fruto de esa inesperada relación, surgirán algunas de las escenas más hermosas de este admirable film de aventuras, que se degusta con creciente placer. La belleza de la secuencia en la que el ladrón accede al palacio para robar, contempla en picado a la heredera entre las gasas que conforman su lujoso lecho; o el instante, antes de emprender Ahmed su viaje, en que se permite una despedida en la que la exhibición circense se combina con un vago romanticismo: de un solo tajo en el aire parte en dos mitades el anillo que le ha dado su amada, se queda con una de ellas y le entrega la otra al santón –del que previamente se había burlado- para que se la pase a la princesa: “Dale ésto a aquella que ya tiene mi corazón”, añade. El otro motivo temático será su lucha por conseguir casarse con ella a pesar de que es sólo un ladrón, lo que abrirá las puertas a un viaje por un mundo mágico y que ocupa la segunda parte del film por medio de breves capítulos (…).

 

El ladrón de Bagdad es un cuento con moraleja pero también burlesco: con las creencias religiosas (Ahmed llama al Paraíso “un sueño de bobos” mientras se encuentra en la mezquita), con el orden impuesto en el califato (que Ahmed violenta un plano tras otro, entre sonrisas) y con las figuras del héroe y el villano, quienes coinciden en mantener una similar postura ante la vida, que en el fondo los relaciona: si desean una cosa, la cogen. La diferencia está en su actitud y sus objetivos: Ahmed ejercita la picaresca, es un hombre burlón con aspiraciones amorosas que en principio se sitúan fuera de sus posibilidades, mientras que el principe mongol Sojin se propone conquistar Bagdad incluso por las armas. En relación a esto, mención muy especial a la deslumbrante batalla contra la invasión de las tropas de Sojin, por medio de la multiplicación de soldados surgidos de la nada, y que en su planificación casi parecen preludiar las formas narrativas de Einsentein en el cine soviético muy poco después.

 

El ladrón de Bagdad posee un equilibrio deslumbrante: los decorados de William Cameron Menzies siempre están valorados escénicamente, mas no por ello Raoul Walsh dejó de lado el tratamiento de los personajes ni debilitó el latido de la aventura (que contiene incluso préstamos de “La Odisea”: véase cuando Ahmed es tentado por mujeres en el fondo del llamado “Mar de Medianoche”), hasta el extremo de que no se puede concebir a unos sin otros, como si todos se necesitaran mutuamente. La intención de Raoul Walsh fue conferir forma narrativa (dar vida, en definitiva) a los brillantes decorados e impregnarlos de espíritu aventurero, y eso hace que del relato se desprenda una gran alegría creativa y que el ritmo no decaiga ni un solo momento. El conjunto del film de Walsh es, en definitiva, una muestra casi esencial no solo del asentamiento en la consolidación del cine de aventuras sino, sobre todo, una pieza irrepetible, que casi un siglo después mantiene vigente su vitalista y contagiosa fuerza cinematográfica. (…)

 

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