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Ángel Cano
Viernes, 6 de octubre de 2017

Puta realidad

Como animal que es, el ser humano tiene unas necesidades básicas: la seguridad, el alimento, el abrigo… Con el desarrollo técnico, la civilización y el estado del bienestar, inventamos otras no tan básicas que hoy nos condicionan en exceso.

Esto viene a cuenta de cómo, en apenas unas horas, ha cambiado la percepción del “problema catalán”. De repente cientos de miles de personas, para las que votar el pasado domingo era algo básico en sus vidas, han empezado a caerse del burro y se están dando cuenta de que más allá de la sociedad idílica y utópica –y por tanto inalcanzable- pintada por los nacionalistas, muchas de sus necesidades básicas empezaban a ponerse en riesgo.

 

En las democracias hay dos maneras de votar. Una en las urnas y otra con cada decisión de compra.

 

Para dar respuesta al nacionalismo suicida y mentiroso, la mayoría silenciosa cuenta con dos grandes armas. La primera es tomar la calle, hacerse presente y dejar de ser silenciosa. Demostrar que somos más que los otros y hacemos más ruido. La otra es alinear nuestro comportamiento como consumidores y usuarios.


En las democracias hay dos maneras de votar. Una en las urnas y otra con cada decisión de compra. Con esta última se premia a nuestros productos favoritos o se penaliza a empresas y marcas que contaminan, explotan a menores, actúan de manera irregular en los mercados, etc. Pero debe servir, también, para penalizar otros comportamientos insanos y desleales con la sociedad.

Ha bastado que miles de clientes de dos grandes bancos acudieran en masa a cambiar sus cuentas a otro lugar o a sacar su dinero para que de repente, nos diéramos cuenta de que la puta realidad se impone por encima de la emoción nacionalista, a menudo, xenófoba.

 

 

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